Salgo de la casa, con miedo a todo, con miedo al aire,
cuidando que la gente no se me acerque, consciente de no tocarme la cara porque
mi nariz tiene el tino de picarme siempre que estoy fuera. Salgo a comprar lo
que vamos a comer y en cuanto empiezo a sentir que me estoy tardando, me entra
la ansiedad, las ganas de regresarme de inmediato a la casa, nuestro lugar
seguro.
El trabajo de la casa, el de limpiar, ordenar, cocinar,
volver a limpiar, volver a ordenar es inagotable. Me convenzo más y más de que
mi hijo debe crecer siendo un varón autosuficiente, que interiorice que si
forma parte del sistema de convivencia de un hogar, tiene que colaborar sin
cargarle el peso de su cuidado a ninguna mujer por ser mujer. Trabajo en que se
vuelva un adulto funcional, más funcional que nosotros, sus padres, que
crecimos en hogares donde las madres nos resolvieron siempre nuestra
subsistencia. Hay una parte muy difícil de cambiar, pero tenemos la capacidad
de aprender siempre.
Este tiempo, donde nos aferramos a vivir, donde te dicen
todo el tiempo que debemos extremar precauciones porque estamos viviendo algo
que nunca creímos, algo lejano, cosas que nunca nos pasarían pero que ya lo
estamos viendo: una epidemia que va a terminar con la vida de mucha gente en el
planeta. En este tiempo de crisis, en el que quisiera ayudar a todos, tengo que
quedarme quieta, casi sin moverme para no gastar más que en lo extremadamente
necesario, para cuidar la endeble economía personal porque en esta casa no hay
un empleo ni un sueldo seguro y el futuro es incierto.
Hace unos días quise apoyar a mi madre, quise aprovechar
para comprar la despensa, quise que mi hijo saliera para cambiar de escenario
sin bajarse del coche para que no pisara la calle, quería regresar pronto para hacer
de comer y que mi compañero, que es parte del grupo de riesgo, no se malpasara.
Quise hacer demasiadas cosas y por la ansiedad de hacerlo todo rápido, bajé la
guardia. Cometí un error.
Tuvimos una experiencia terrible que no pasó a mayores pero
que pudo ser un accidente muy grave. He estado muy triste, masticando una y
otra vez la escena en mi cabeza, desde el momento crucial donde todo pudo
evitarse hasta el segundo previo, en que vi a mi hijo que jugaba inocente y que
sin haber vivido nunca una experiencia anterior, no se dio cuenta del peligro
hasta que ya había sucedido.
Y desde ahí tengo grabada la imagen de su carita,
veo sus labios blancos del miedo y me imagino que él me vio a mí igualmente con
la cara sin color, gritando aterrada. En ese momento ambos fuimos conscientes
de que no nos pasó nada pero que en un segundo todo puede cambiar con funestas
consecuencias. Aprendí, aprendimos de una forma contundente y cruel, que en
este tiempo el lugar más seguro es nuestra casa, de la que ese día no debimos
salir. Alguien nos ayudó, un hombre a quien le debemos mucho más que nuestro
profundo agradecimiento.
Han pasado los días y hoy tengo más claridad en mis
sentimientos y emociones. Aprendí que no podemos bajar la guardia, no perder el
enfoque y que debemos cuidarnos siempre. Este tiempo me ha hecho voltear la
mirada a mi hogar, me hace querer confiar y creer más en la fuerza de mi núcleo
familiar. La cuarentena me ha ayudado encontrarle el gusto a cocinar, a
mantener ordenado y limpio, sabiendo que puede ser lindo y satisfactorio además
de primordial. Me es muy claro también que las tareas, así sean las domésticas,
de la crianza o del trabajo deben ser repartidas. Uno solo no puede con todo.
En eso radica nuestra fuerza.
Y también, estoy convencida de que existe gente buena, dispuesta a ayudar al otro, aún sin conocerlo.
Este tiempo de crisis sanitaria y económica, me ha hecho valorar
aún más a mis seres queridos y desear con todo el corazón que todos salgamos
bien librados de este trance.